jueves, 30 de agosto de 2012

EL VALS DEL NO (artículo en progreso)

Desmitifica, desmitifica, que algo queda. ¿Qué queda de la épica del No después de la película de Larraín? ¿El triunfo del No, en octubre de 1988, en el plebiscito que debía ganar Pinochet fue el resultado de una buena campaña publicitaria?  ¿El héroe de la jornada: un joven publicista? ¿El No supo venderse mejor que el Sí? (¿y si la opción Sí hubiera contratado mejores publicistas?—qué miedo).


La narrativa sobre el triunfo del No que propone la película en cuestión señala como causa principal (¿única?) del triunfo de esta opción las (acertadas) decisiones tomadas por el  publicista top que diseñó la franja televisiva.  Gracias a este “jovencito de la película”  la franja no habría cometido el error de centrarse  en la denuncia de los crímenes de la dictadura usando la música de Inti Illimani de fondo, sino que habría tenido el acierto de acatar  las reglas básicas de una “buena” publicidad: lograr que el posible consumidor asocie a emociones positivas el producto que se quiere vender. 

Manuel Antonio Garretón ha dicho: “basura ideológica”.  Raquel Olea,  por su parte: “perversión de la verdad”. El reclamo pareciera fundarse en la percepción compartida por estos críticos de que hay algo importante que la película ha dejado fuera al haber elegido  narrar el evento campaña, plebiscito, triunfo del NO poniendo en el centro de la trama el proceso de realización de la franja televisiva.  

¿Qué es lo que quedado fuera? Para Raquel Olea lo que se ha omitido es “el peso de la lucha de un pueblo”; “el levantamiento de una sociedad dispuesta a luchar con todo” y el hecho de que “Chile sufrió el peso de la dictadura y  eligió consciente y valientemente luchar contra ella”.  El director de esta película habría olvidado que “antes de la campaña ya el país estaba convencido de su No”. En la película “la producción de un No fuerte a los ocho años más de continuidad de Pinochet y su dictadura parece haber sido… sólo efecto de una mente marketinera y neo-liberal sin enraizamiento en la experiencia”.  La película incurriría así en un “desvío de  la verdad histórica”.  Manuel A. Garretón coincide con esta apreciación señalando que lo que hay en la película es “una total tergiversación histórica".

Escurridizo concepto el de "verdad histórica", zona siempre sujeta a disputas por el poder interpretativo.¿No será que si miramos el triunfo del No a la luz de los 20 años que le siguieron, la narrativa de la película de Larraín acierta al relevar el rol que tuvo la publicidad en ese hecho? Después de todo, a partir de ahí lo que tuvo continuidad no fue un país que antes de la campaña televisiva "ya estaba convencido de su No";  un país con ciudadanía organizada para la defensa de la democracia y los derechos humanos (de todas las generaciones) sino la relación (¿perversa?) entre publicidad y política. 
(continuará) 

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